Señoras, señoritas, señores y señoritos
En breve nos abandonarán las vacaciones. De esta manera no quiero despedirme de vosotros sin explicaros la última parte de estas vacaciones que a mi me corresponde. Estoy hablando de los dos días que pasamos en el Parque Natural del lago de Sanabria, sitiado (perdón sito) en la provincia castellana de Zamora, provincia que linda al norte bla bla bla.
A Zamora puedes llegar desde diversos puntos, pero nosotros lo hicimos desde Salamanca. Perdón, en realidad lo hicimos de Valladolid. Problemas ajenos a mi voluntad y a la de mi hermana hizo que el vehículo alquilado nos llevara hacia Valladolid. Cuando nos pareció estar cerca de Madrid y Tordesillas decidimos que la cosa no iba bien. Hicimos una consulta astrológica-deductiva, es decir, llamamos al albergue de destino zamorano y nos rectificaron el camino, a Dios gracias. Una vez visitada esporádica y accidentalmente la provincia vallisoletana (¿a qué queda mejor valladolina?, córcholis).
Como siempre (o casi) llegamos por la noche y cansados. A más a más perdimos la cena. No lo entiendo, pero la hora de la cena era a las 21h y punto (el punto lo pongo ahora, pero después de cerrar el paréntesis). Nos dan un restaurante de la zona como alternativa. Cenamos correctamente disfrutando de un nuevo triunfo barcelonista balompédico (la grandeza culé, oh oh). La población en la que estaba sitiado el albergue (ahora me viene a la memoria un albergue en tierras castellanas asediado por indios pongamos de la nación sioux americana, defendido por los alberguistas con palos de trekking. Los indios dando veinte mil vueltas al albergue sitiado, lanzando gritos, flechas y algunas truchas que encontrasen por la zona. Maldita sea, la imaginación otra vez). Pero volvamos a nuestra aventura vacacional. Hacia fresco, pues estábamos a 1200 m. de altura sobre el nivel del mar (¿de qué mar?, me he preguntado muchas veces). La población se llama San Martín de Castañeda. Había un magnífico cielo estrellado. Una vez tuvimos la buena suerte de encontrarnos pocos seres vivos hospedados (algún que otro niño vi, así que tuve que ir a limpiar y "afinar" la recortada, por si...). El albergue era un antiguo edificio construido en los años 40 como sanatorio de pre-tuberculosos.
En la guía leímos la triste historia que ocurrió en un embalse de la zona. Fue uno de los muchos que construyó el de El Ferrol. Se hizo con material defectuoso. Pese a las grietas que iban surgiendo en el embalse lo llenaron hasta arriba. Se rompió y liberó millones de metros cúbicos de agua. Llegó al pueblo de Ribadelago Viejo y acabó con la vida de 144 personas. La mayoría ni las encontraron. Seguramente deben estar en el fondo del lago Sanabria. Impresiona visitar el pueblo (al que volvieron muchos de ellos a vivir, después de que las autoridades les hicieran un nuevo pueblo cerca del antiguo de forma chapucera). Ves cruces recordatorias por los solares de las antiguas viviendas. En fin, así era España en 1959.
Pero vayamos al tema excursinista. Íbamos a estar dos días en la zona. El primer día decidimos subir un cañón, el cañón del río Tera. El inicio fue confuso. Gracias a que de pequeño fuí raptado por un grupo de indios americanos (de la nación sioux no, esta vez eran arapahoes). Aprendí buenas artes: tiro con flecha, con hacha, montar a caballo en pelotas (el caballo y yo), hacer el amor a una india en pelotas (la india y yo), a fumar la pipa de la paz y de la guerra (cuando la tenía con mi señora mujer), etc etc.), pues eso, que aprendí también a orientarme. Leí la guía que llevaba (escrita en español, no en arapahoe) y decidí con el apoyo de mi hermana de que íbamos mal. Decidimos preguntar a los lugareños y enfilamos el cañón con arrojo y decisión. Bonitos paisajes fuimos viendo por el cañón. Enseguida aparecieron pozas y pequeños saltos de agua. Hacía un sol de justicia, pero era seco y llevadero. Íbamos todo ilusionados hacia las cuevas de San Martín, situadas a medio camino del itinerario, y cuando llegamos a una zona con una pequeña laguna nos perdimos, volvimos a la laguna y nos enteramos que las cuevas no eran tales. Simplemente había una zona abierta que les llamaban cuevas (pues vale, resignación cristiana benedictina y a seguir). Aquí no volvimos a ver señales. Renacieron las dudas y tras la consulta de rigor al lugareño de turno empezamos a subir montaña brávamente. Vimos un fantástico paisaje del lago Sanabria. Bajamos hasta llegar a una carretera. Iniciamos el descenso de la misma, pero me apercibí que nos íbamos alejando de donde habíamos dejado el coche, a la vez que nos acercábamos al albergue. Decidí valientemente cortar por una senda que surgía de la carretera. La cagué. Llegamos a una zona de zarzas (¿zarzal?), pinchámonos y volvímonos lo andado. Vuelta a la carretera ya pensaba yo en coger un taxi que me llevase al coche, cuando surgió una senda que llevaba al mismo (al pueblo donde estaba el coche). Salvados. Llegamos tras 8 horas de pateada, cansados, exhaustos, enzarzados y contentos. Humanos encontrados: muy pocos. Otros animales: pajaritos, saltamontes, lajartijas y bichos voladores impertinentes. Felicidad: plena, full, insuperable.
Para el día siguiente tenía yo pensado subir a la cima de la zona, pero desechamos la posibilidad ante lo ajustado del tiempo del que disponíamos, pues teníamos que marcharnos a Asturias, al albergue donde iniciamos esta aventura. El itinerario marcado a la cima estaba en 10 horas señalada. Fuimos en coche a visitar la laguna de los Peces (de donde se inicia esta subida cimística). Breve paseo, alguna vaca con su ternero, ciclistas subiendo a la laguna, calor, vuelta a la laguna, vuelta al coche y cap a Mieres. Paramos en Puebla de Sanabria que tiene un bonito conjunto histórico-monumental en su casco viejo. Nos aconsejaron un restaurante para comer junto al castillo. Magnífico lugar y buen precio: esquisitos garbanzos con callos (pero de estos últimos pocos). Visitamos el castillo-museo, que estaba muy bien conservado. Y ya sin ningún tipo de incidente camino de Asturias. Hermana condujo unos 100 km. A pesar de una dura batalla con los botones automáticos que suben y bajan las 4 ventanillas del coche pudimos continuar la marcha sin más incidentes indignos de mencionar. Total 2600 km andados (más los excursionados) en estas dos semanas fantásticas (salvo por el momento crítico de las compras de trapitos femeninos en tienda de Salamanca. Mi austeridad conocida me impidió pasar más allá de la prensa y un chupa-chups en Portugal que no me cobraron finalmente).
Y esto es todo, esto es todo amigos. Cap a l´aeroport y para casa. Todo acaba, pero al menos lo vivimos. Saludos variados.
En breve nos abandonarán las vacaciones. De esta manera no quiero despedirme de vosotros sin explicaros la última parte de estas vacaciones que a mi me corresponde. Estoy hablando de los dos días que pasamos en el Parque Natural del lago de Sanabria, sitiado (perdón sito) en la provincia castellana de Zamora, provincia que linda al norte bla bla bla.
A Zamora puedes llegar desde diversos puntos, pero nosotros lo hicimos desde Salamanca. Perdón, en realidad lo hicimos de Valladolid. Problemas ajenos a mi voluntad y a la de mi hermana hizo que el vehículo alquilado nos llevara hacia Valladolid. Cuando nos pareció estar cerca de Madrid y Tordesillas decidimos que la cosa no iba bien. Hicimos una consulta astrológica-deductiva, es decir, llamamos al albergue de destino zamorano y nos rectificaron el camino, a Dios gracias. Una vez visitada esporádica y accidentalmente la provincia vallisoletana (¿a qué queda mejor valladolina?, córcholis).
Como siempre (o casi) llegamos por la noche y cansados. A más a más perdimos la cena. No lo entiendo, pero la hora de la cena era a las 21h y punto (el punto lo pongo ahora, pero después de cerrar el paréntesis). Nos dan un restaurante de la zona como alternativa. Cenamos correctamente disfrutando de un nuevo triunfo barcelonista balompédico (la grandeza culé, oh oh). La población en la que estaba sitiado el albergue (ahora me viene a la memoria un albergue en tierras castellanas asediado por indios pongamos de la nación sioux americana, defendido por los alberguistas con palos de trekking. Los indios dando veinte mil vueltas al albergue sitiado, lanzando gritos, flechas y algunas truchas que encontrasen por la zona. Maldita sea, la imaginación otra vez). Pero volvamos a nuestra aventura vacacional. Hacia fresco, pues estábamos a 1200 m. de altura sobre el nivel del mar (¿de qué mar?, me he preguntado muchas veces). La población se llama San Martín de Castañeda. Había un magnífico cielo estrellado. Una vez tuvimos la buena suerte de encontrarnos pocos seres vivos hospedados (algún que otro niño vi, así que tuve que ir a limpiar y "afinar" la recortada, por si...). El albergue era un antiguo edificio construido en los años 40 como sanatorio de pre-tuberculosos.
En la guía leímos la triste historia que ocurrió en un embalse de la zona. Fue uno de los muchos que construyó el de El Ferrol. Se hizo con material defectuoso. Pese a las grietas que iban surgiendo en el embalse lo llenaron hasta arriba. Se rompió y liberó millones de metros cúbicos de agua. Llegó al pueblo de Ribadelago Viejo y acabó con la vida de 144 personas. La mayoría ni las encontraron. Seguramente deben estar en el fondo del lago Sanabria. Impresiona visitar el pueblo (al que volvieron muchos de ellos a vivir, después de que las autoridades les hicieran un nuevo pueblo cerca del antiguo de forma chapucera). Ves cruces recordatorias por los solares de las antiguas viviendas. En fin, así era España en 1959.
Pero vayamos al tema excursinista. Íbamos a estar dos días en la zona. El primer día decidimos subir un cañón, el cañón del río Tera. El inicio fue confuso. Gracias a que de pequeño fuí raptado por un grupo de indios americanos (de la nación sioux no, esta vez eran arapahoes). Aprendí buenas artes: tiro con flecha, con hacha, montar a caballo en pelotas (el caballo y yo), hacer el amor a una india en pelotas (la india y yo), a fumar la pipa de la paz y de la guerra (cuando la tenía con mi señora mujer), etc etc.), pues eso, que aprendí también a orientarme. Leí la guía que llevaba (escrita en español, no en arapahoe) y decidí con el apoyo de mi hermana de que íbamos mal. Decidimos preguntar a los lugareños y enfilamos el cañón con arrojo y decisión. Bonitos paisajes fuimos viendo por el cañón. Enseguida aparecieron pozas y pequeños saltos de agua. Hacía un sol de justicia, pero era seco y llevadero. Íbamos todo ilusionados hacia las cuevas de San Martín, situadas a medio camino del itinerario, y cuando llegamos a una zona con una pequeña laguna nos perdimos, volvimos a la laguna y nos enteramos que las cuevas no eran tales. Simplemente había una zona abierta que les llamaban cuevas (pues vale, resignación cristiana benedictina y a seguir). Aquí no volvimos a ver señales. Renacieron las dudas y tras la consulta de rigor al lugareño de turno empezamos a subir montaña brávamente. Vimos un fantástico paisaje del lago Sanabria. Bajamos hasta llegar a una carretera. Iniciamos el descenso de la misma, pero me apercibí que nos íbamos alejando de donde habíamos dejado el coche, a la vez que nos acercábamos al albergue. Decidí valientemente cortar por una senda que surgía de la carretera. La cagué. Llegamos a una zona de zarzas (¿zarzal?), pinchámonos y volvímonos lo andado. Vuelta a la carretera ya pensaba yo en coger un taxi que me llevase al coche, cuando surgió una senda que llevaba al mismo (al pueblo donde estaba el coche). Salvados. Llegamos tras 8 horas de pateada, cansados, exhaustos, enzarzados y contentos. Humanos encontrados: muy pocos. Otros animales: pajaritos, saltamontes, lajartijas y bichos voladores impertinentes. Felicidad: plena, full, insuperable.
Para el día siguiente tenía yo pensado subir a la cima de la zona, pero desechamos la posibilidad ante lo ajustado del tiempo del que disponíamos, pues teníamos que marcharnos a Asturias, al albergue donde iniciamos esta aventura. El itinerario marcado a la cima estaba en 10 horas señalada. Fuimos en coche a visitar la laguna de los Peces (de donde se inicia esta subida cimística). Breve paseo, alguna vaca con su ternero, ciclistas subiendo a la laguna, calor, vuelta a la laguna, vuelta al coche y cap a Mieres. Paramos en Puebla de Sanabria que tiene un bonito conjunto histórico-monumental en su casco viejo. Nos aconsejaron un restaurante para comer junto al castillo. Magnífico lugar y buen precio: esquisitos garbanzos con callos (pero de estos últimos pocos). Visitamos el castillo-museo, que estaba muy bien conservado. Y ya sin ningún tipo de incidente camino de Asturias. Hermana condujo unos 100 km. A pesar de una dura batalla con los botones automáticos que suben y bajan las 4 ventanillas del coche pudimos continuar la marcha sin más incidentes indignos de mencionar. Total 2600 km andados (más los excursionados) en estas dos semanas fantásticas (salvo por el momento crítico de las compras de trapitos femeninos en tienda de Salamanca. Mi austeridad conocida me impidió pasar más allá de la prensa y un chupa-chups en Portugal que no me cobraron finalmente).
Y esto es todo, esto es todo amigos. Cap a l´aeroport y para casa. Todo acaba, pero al menos lo vivimos. Saludos variados.